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lunes, 25 de noviembre de 2013

Garrapatán y Tetete: Cuento de 600 palabras...Diario El Comercio

El diario El Comercio esta promoviendo la creación literaria con una apuesta muy interesante. Ha pedido que realicen un cuento de 600 palabras de tema libre. Lo cual me parece muy bueno ya que van  a ser publicado todas las semanas dos cuentos seleccionados. Luego al año se va  a publicar un libro con todas las entregas. Me parece motivador para todos. Yo me animé a enviar un cuentito que tenía dando vueltas en la cabeza y el cual me hace sonreír. Aquí se los dejo:


Garrapatán y Tetete

Tetete era un perro chusco que había sido abandonado en un mercado cuando tenía apenas tres meses. Sus padres eran un doberman cruzado con una perra peruana sin pelo.

En verdad, era un perro de singular apariencia. Sin pelo. De piel oscura en verano, y clara en el invierno. La verdad es que sufría de insolaciones constantes, por eso andaba por la sombra. Era como si tuviera un mapa dibujado en la piel. Tenía las orejas hacía atrás pero casi siempre estaban paradas porque todo le daba miedo y paraba siempre alerta a lo que ocurría  a su alrededor. Sus ojos lo heredó del padre ya que eran pequeños y oscuros. De la forma de la cabeza, era verdaderamente indescriptible. Bueno en realidad alargada y casi filuda con unos cuantos pelos largos en la frente. Sus patas eran alargadas y sus uñas negras.

Su carácter era muy amigable, aunque la gente lo botara de todos sitios por ser un perro realmente feo. Mostraba los dientes a quien se le pusiera delante en plan amigable, pero por ello al principio solo recibía patadas y maltrato, ya que la gente pensaba que era agresivo.

Cuando Tetete ya era un perro adulto, se había metido en el corazón de la gente de un barrio populoso. Los vecinos le daban comida, lo bañaban y hasta le habían hecho una casita en el puesto de periódicos de la esquina más transitada. La misma que quedaba al costado de una panadería. Hasta estaba inscrito en la municipalidad a nombre de la Señora Rosa, la dueña del quiosco.

Tetete había aprendido a llevarle el periódico al  señor Guillermo, dueño de la panadería, a don Belisario dueño de la cebichería y así podría enumerar unos siete vecinos que a diario esperaban a Tetete.

Al bonachón animal le caían toda clase de recompensa, algunos le daban un panecillo, otros huesitos para perro y lo que más le gustaba a Tetete, las hilachas de carne y pollo que le daba Julio, el dueño del chifa.

-Soy un perro muy mimado- pensaba Tetete- mientras caminaba por la vereda con las orejas paradas y un andar elegante que contrastaba con su fealdad. De pronto, sintió un ardor profundo detrás de la oreja. Inmediatamente saltó a un lado y se empezó a rascar con fuerza. Le costó un poco de piel y sangre deshacerse de una garrapata abrazada a su piel. Cuando Tetete la vió tirada en el suelo. Le enseño sus dientes, lo que era su costumbre. La Garrapata que se llamaba Garrapatán, se hincó en el suelo y empezó a pedir clemencia. Los grandes lagrimones afloraba a borbotones suplicantes.

Garrapatán al ver que el perro era bonachón y no corría peligro decidió entablar lo que sería una larga y duradera amistad. La misma que lo surtiría de su sabrosa dotación de sangre para subsistir.

En poco tiempo Tetete se dejaba picar por Garrapatán ya que estaba convencido que de lo contrario no podría vivir. Y la astuta Garrapata se había ingeniado para fomentar y aumentar todos los temores de Tetete, haciendo que cada día sea más dependiente de sus consejos.

Con el tiempo Garrapatán abusando de las dosis de sangre ya estaba a punto de reventar de lo gordo y rechoncho. Y no solo él, su familia también se había unido.

Sin embargo Tetete aunque comía de todo, cada día estaba más flaco.

El preocupado vecindario decide llevar a Tetete al veterinario para saber cual era su mal.

-¿Qué será de mi?- dijo susurrante y angustiado Tetete al ver que su amigo sería descubierto.

-¡Idiota!- pensó la Garrapata.


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